Concilio (el cuento)

Ahora, que por razones de además,
te han herido, ¡oh cántaro de dulcineas!
¡Oh flor de mis jardines!
Y que inmensos senderos se habrían de
tomar para tu consuelo.
Ahora, que has llegado marchita e incolora.
Ahora… con la misma dulzura de a costumbre,
te afirmaré que estoy aquí, como lo
he estado siempre.
Y rearmaré los pedazos de tu corazón,
sobre las telas de mi concilio.
Ahora, me dedico a ti, como nunca
en el pasado.
Y te cuido, y te busco, y te camelo.
Ahora, desistiré de hablarte, para solo
escuchar el ritmo lento, de eso que solías
llamar “corazón”.
Y coloco mis fuerzas sobre el juramento
de hacerte reír.
Ahora, te ayudaré a olvidar el mundo
y sus atrasos.
Ahora, no hay más nadie.
Con un beso, puedo sanar, todas tus heridas.
Y con todo y lo mutilada que puedas estar,
te siento completa e impoluta.
Pretendo acobijarte sobre las libertades
y las virtudes de algo correcto.
Me gustaría que descanses en los
prados de un “por siempre”, de un edén.
Ahora, puedo anticiparte, que quedarás
en todos tus sentidos.
Y si aun así, quieres irte, me sentiré tranquilo
de que seas feliz.
Ahora… si decides regresar, contusionada o
con buenas noticias: aquí estaré para ti.
No soy eterno, pero soy paciente.
Las disposiciones de mis adentros,
subrayan la tendencia a conciliar y
a conciliarte…
Por “El Emperador”

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